9.12.25

Y una de arena (o también: Un pibe con la remera de Almafuerte, parte II)

Hola, cómo andan gente, cómo anda esa inexistencia existencial. Espero que estemos todos en el mismo level de hechos bija, nomás por una cuestión de simetría, de manía narrativa.

CUESTIÓN. Hoy no tengo ganas de escribir pero voy a escribir igual porque la vejez logró que me hastíe mi propia inconsistencia y siento la necesidá de concluir la historia del pibe con la remera de Almafuerte. No sé qué va a salir, igual, porque hace como dos días que no duermo. Pido disculpas de antemano por si acaso y me justifico citando el slogan actualizado déste prestigioso blog, déste multiverso maldito teñido de sepia que lo que reza es que its an argenta mental paradoja thing, esto de no dormir, esto de existir igual. Asumo que me entenderán pues los amoldo a mi gusto y los poetas que te cantan que se vayan todos a tomar por nulo.

DISCLÉIMER: es necesario que cada vez que me vean venir desenfunden un sahumerio y me apunten al pexo al grito de ATRÁS, demonio rollinga de ojeras pronunciadas y aspecto semihumano. La ansiedá laboral, la incertidumbre, la distopía criminal, verán. Pueden servirse un sahumerio de vainilla y canela ahí de la mesita del comedor, están hechos artesanalmente y aunque entiendo que tengan pinta rara, como que están hechos de un material que no existe, la verdad es que tenés razón.

¿Qué? cómo que desarticulada, desarticulada quién. Sabés qué pasa, estoy fantaseando con clavarme una docena de medialunas desde las 2 de la mañana y sé que no me voy a poder dormir hasta que no cumpla ese objetivo. Una docena de medialunas de manteca, mi meta principal del día de la fexa. Y como eso no sucederá sino hasta dentro de un rato me pongo a escribir acá para hacer tiempo, para disociar mientras persuado a mi cuerpo de esa bella y revitalizante dosis de harina mortal. Bajé como 12 kilos desde que me echaron hasta acá y en ese sentido no me siento tan mal, eh, guarda. Guarda que prefiero morir en mi peso que vivir siempre estable económicamente eh, guarda no te confiés tanto mamito andá apuntando ese sahumerio horrendo pá otro lado que acá estamos todos volviendo a nuestro peso y al parecer no habrá ningún giro argumental que venga a nuestro rescate, que nos tire una puntina de esperanza. Aguante. Punto para el monstruo de Vilei, porque como expide la sabiduría tiktokiana si vamos a morir que sea con olorcito a canela bien esbeltas y sobre todo bien maquilladas y con la boca toda gigante toda grotesca. Eso es lo importante, esos son los ejes fundamentales de la vida. Eso y practicar coreografías ridículas mientras el devenir del planeta te empoma la psíquis.

Pido disculpas. Me cuesta mucho no ponerme apocalíptica estos días y sí, siéntanse libres de volver a apuntarme, total ahora todo es IA, todo es hambre, todo es vainilla. ¿No les pasa que todo les resulta soporífero? A ustedes los viejitos les hablo. Todo es mentira, todo va cuesta abajo y se derrumba; las sociedades si no están pelotudas están bélicas así que por mí entreguémonos todos al hedonismo, a la ingesta brutal de medialunas con dulce de leche y la concha de tu madre.

Iorio, cierto. Te extraño Iorio, aunque cuando estabas vivo también te extrañaba. El Iorio de las madres, el Iorio toro y pampa. Ese día –acá ya te hilo con la historia de la parte I, es decir con la entrada anterior, aclimatate a la dinámica, a esta agilidá mental tan sana y ordenada y espectacular- no ese día, decía, sino esa noche, bah, llegamos al boliche. 

No sé por dónde iba pero llegamos al boliche a las dos de la mañana o algo así. Ya era todo medio difuso por el escabio en ese momento así que te imaginarás que ahora al evocarlo es muchísimo peor. Ahora sólo me acuerdo lo mejor: en los parlantes sonaba Daddy Yankee como un agente de tránsito pero señalando con más vitalidad si una debía ir hacia abajo o hacia arriba, hacia allá o hacia acá. Eso no era lo mejor, igual, te imaginarás. Lo mejor de esa noche fue cuando me acerqué a mis amigas y aprovechando sus respectivos estados cognitivos alterados por el alcohol y sustancias variopintas les avisé que me iba a dar una vuelta. Sólo que no mencioné que era afuera, la vuelta. Afuera del boliche y a diez cuadras, derecho por la peatonal, hacia el mar caminando apurada con cierta desesperación con cierta necesidá de silenciar no sé bien qué.

De repente estaba sola en la playa a la madrugada y en ese momento –de esto sí me acuerdo perfecto- sentí por primera vez el vértigo astronómico. Metida adentro del agua hasta las rodillas mojándome la nuca con la tranquilidá de quien está en la ducha de su casa de repente levanté la vista y me rescaté de que estaba en el mar. ADENTRO del mar. Y miré el horizonte todo oscuro todo despejado con la luna ahí nomás. Tuve como una epifanía de belleza o no sé cómo se dice e inmediatamente me dio un cagazo tal que salí del agua eyectada por el miedo a la noche y a mí misma –porque como el león santafesino siempre fui una romántica, una romántica de la corriente verborrágica y autorreferencial- y así toda piltrafita mojada y derrotada volví sobre mis pasos, después de un rato, y aterricé otra vez en el boliche suponiendo que las pibas me iban a sancionar porque había faltado al pacto de estar siempre juntas. Por suerte se ve que no nos estafó el fokin diler porque todas estaban en una, desparramadas por ahí. Y ahora qué hago, pensé. ¿Voy para arriba, voy para abajo? ¿Hacia qué dirección aconsejaría ir Daddy Yankee cuando, en vez de su voz, en los parlantes suena la receta para hacer chocolate, para batir mayonesa?

Voy a resumir porque es largo y tengo sueño y no tenía ganas de escribir sobre esto. No tenía ganas de escribir en general y ahora que lo decís no sé muy bien qué hago acá pero sigo aquí porque me gusta comer medialunas. (Fuerte abrazo de complicidá memera a quien ataje las referencias, tkm, vos sabés que sí).

No sé cómo volvimos a la casa esa noche, pero confío en que también fue espectacular. En el trayecto una de las pibas me dijo que el pibe de la remera de Almafuerte le había pasado su teléfono para que le escribiera. O sea para que le escribiera yo ¿entienden? Ké. De ninguna manera. Así que le escribieron ellas por mí, a mis espaldas, como todas grandes amigas expertas en maternar incels inexpertas. Hicieron bien, se imaginarán. Eran sabias con flequillo mal cortado, me conocían, percibían la incredulidá detrás de la tosquedá darks. Al día siguiente fuimos al bar. Yo ya enterada, me llevaron a rastras metafóricas. Misma secuencia, diferente Stella. Ya entonada piola vago empezamos a escribirnos con el metalero pop latino a través de nuestros nokias 1100, tecnología que incluso para ese momento ya estaba vetusta. Él, detrás de la barra, iluminado por la luz de la hegemonía; yo, toda encorvada en la mesa balanceándome en trance pensando en cómo huir, pero queriendo quedarme.

Unas sabias.

El fin de este blog jamás fue erotizar a nadie así que sólo me limitaré a decir que se sucedió una cosa cinematográfica espectacular del tipo escurrirnos hacia el depósito rancio del bar mientras las pibas alentaban y los jefes no miraban. Todo muy soft, igual, tampoco vayan a pensar, éh. Pensar está mal, no hay que pensar tanto, eso aprendí esa noche. O sea nunca logré aplicar en territorio ese aprendizaje en ningún aspecto de mi existencia pero le concedo a aquellos tiempos que aunque sea una mal aprendida eso es lo que me enseñó, así tal cual, el tiempo, como la canción de Tabaré Cardozo. Alta letra.

Así que hasta ese momento fue todo idílico y espectacular básicamente porque no tuvimos tiempo de hablar, pues del depósito nos trasladamos al boliche (¿sienten ustedes también el olor a naftalina cada vez que escribo “boliche”?) y del BOLICHE a la playa, a transitar el hermoso cliché adolescente de ver el amanecer. Todo empezó una noche de caloooor y terminó mientras salía el sol y lo escuchaba hablar. Sentía cómo mi entusiasmo retrocedía, como las olas, con cada frase que decía. Me parecía hasta insólito que fuera tan boludo, no específicamente él, sino cualquier ser humano. Y no es que yo fuera muy ducha por supuesto pero estoy segura de que si les pudiese reproducir el diálogo ahora mismo ustedes llegarían al mismo diagnóstico. Insólito, incrongruente, bellísimo, espectacular, trashero aunque no tanto como la argentina actual. Fingí demencia por respeto a Almafuerte y sostuve el diálogo hasta que el sol empezó a rostizarnos el rostro. Eludí con destreza maradoniana y quedamos en hablar en un después que por supuesto nunca sucedió en esta línea temporal en la que habito ahora.

En fin. Ya pueden apagar los sahumerios y retirarse decepcionados por donde vinieron. Por favor dejen de apuntarme no sahúmen todos contra mí y retírense antes de que lleguen las medialunas denle no me hagan decir que no quiero compartirles no me hagan quedar mal que ya bastante mal quedé usando como el ojete los signos de puntuación y publicando esto sin corregirlo. Antes de irse pueden llevarse de souvenir una copia de Drácula 2025 que ya está disponible en la dips guebs y es un excelente servicio a pesar del polémico final. Pampa y Toro, la luna me sabe a poco. Saludos cordiales y por las dudas no olviden que es todo ficción, es todo mentira; nos tocó la tangente espaciotemporal más berreta, la que termina con la IA. Pero también la que mejor música tiene, dicen. Una de cal.